'The Innkeepers'


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(The Innkeepers. Ti West. Estados Unidos. 2011. 100 minutos) Con su anterior The House of the Devil (2009), el joven Ti West consiguió pulsar las teclas correctas para sorprendernos con un producto que lograba ser al mismo tiempo fresco y añejo, demostrando una habilidad más que notable para rememorar estructuras y recursos visuales del pasado cuya eficacia se demostraba más contundente que las modas de sustos fáciles y grabaciones encontradas. Con su nueva película, West intenta lograr algo similar a lo que James Wan acometió con Insidious (2010), es decir, demostrar que una película de fantasmas, contada con estilo clásico y huyendo del exceso de artificios o del impostado realismo tan en boga actualmente, todavía puede dar miedo. The Innkeepers nos presenta a dos empleados de un mugroso hotel en el que hace décadas se produjo una tragedia. Obsesionados con la idea de que entre esas paredes permanece el espíritu de una joven que se suicidó, ambos deciden esforzarse para contactar con el fantasma y convertir así su hotel en un lugar famoso y de obligada visita para los amantes de lo paranormal, evitando su cierre y satisfaciendo de paso sus ansias de experiencias más allá de la lógica.

LO MEJOR: El tremendísimo clímax final.
LO PEOR: Demasiados minutos de relleno.
El mayor problema de The Innkeepers es que con ella se le empieza a ver el plumero a Ti West y que, escudándose en la buena recepción de su anterior trabajo dentro de circuitos especializados, ha pretendido aplicar la misma fórmula que en aquélla confiando demasiado en que volvería a funcionar. Curiosamente, lo más flojo de The House of the Devil (el clímax final) es lo más atinado de The Innkeepers, pero la estructura es idéntica: un primer acto en el que se nos anuncia explícitamente que estamos ante una película de terror (allí mediante un rótulo pre-créditos, aquí mediante un susto visto a través de una pantalla de ordenador), un segundo acto en el que la tensión se dilata sobremanera, hasta tal punto que parece que nunca va a ocurrir nada, y un tercer acto donde toda la tensión acumulada estalla y explota en la cara del espectador (en House manchando todo de hemoglobina, en Innkeepers helando la sangre del público con algunas de las apariciones fantasmales más acongojantes de los últimos años). La mayor diferencia es que en esta nueva película se nota en exceso que la historia se alarga gratuitamente, rellenando minutos y minutos en los que la paciencia del espectador comienza a flaquear por culpa de unos personajes que no caen especialmente bien y por una falta alarmante de suspense. Aún así, el trabajo de West con la cámara y, especialmente, su uso del Scope para cargar de tensión algunos planos, consigue mantener a marchas forzadas el interés hasta que nos brinda la oportunidad  de disfrutar de un clímax absolutamente irresistible y terrorífico. Con un par de secuencias más de ese tipo dosificadas en el metraje, The Innkeepers sería casi una obra maestra. Tal y como ha quedado, sólo podemos calificarla de interesante y parcialmente fallida.

'Cuenta atrás'


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(À bout portant. Fred Cavayé. Francia. 2010. 84 minutos) Al fin llega a España Cuenta atrás, en pocas salas y casi año y medio después de su debut en Francia. Se trata de otro de esos grandes misterios de la distribución patria, un panorama proclive a los retrasos injustificados (o incluso a las ausencias imperdonables) que, hasta ahora, animaban a la búsqueda de una copia de buena calidad en Internet de estos títulos malditos en el momento en el que fueran lanzados en su país de origen (de manera legal, léase vía Amazon o similares, o a través de esos servidores ahora prohibidos o autocensurados como son Megaupload o Fileserve). Y la cantinela es la de siempre: independientemente de la buena voluntad que ha demostrado la distribuidora por haber rescatado este producto perdido (A contracorriente films), ¿realmente pretende llevar al público a las salas teniendo en cuenta que, dado el retardo que lleva con respecto a su estreno francés, un gran porcentaje del público que la quería ver ya lo habrá hecho sin tener que moverse de casa? El caso es más sangrante aún si tenemos en cuenta que estamos hablando de una cinta totalmente comercial, pensada para el gran público y tan apropiada (o más) para los espectadores de multisalas que para los habituales de las sesiones en versión original. Segunda película de Fred Cavayé tras Pour Elle (2008), convertida por Paul Haggis en Los próximos tres días (The next three days. 2010), Cuenta atrás narra la odisea que debe superar un hombre corriente (Gilles Lellouche), aspirante a enfermero, para rescatar a su esposa (Elena Anaya) de las garras de unos mafiosos que, a cambio, le han pedido que les entregue sano y salvo a un delincuente (Roschdy Zem) que se encuentra recuperándose de un aparatoso accidente en un hospital. 

LO MEJOR: La ficisidad de las escenas de acción.
LO PEOR: El epílogo.
Como ya ocurrió con su ópera prima, Cuenta atrás es carne de remake, puesto que su historia posee los mimbres necesarios para que Hollywood la fagocite y la convierta en una producción de 60 millones de dólares (como mínimo) lanzada a bombo y platillo en todo el planeta. Pero sería difícil que pudieran convertir ese hipotético remake en una experiencia más lograda que la original, ya que, teniendo en cuenta su punto de partida y la manera en la que se va desentramando su argumento, se puede decir que Fred Cavayé logra que dicha trama dé de sí todo lo que puede dar, sin meter demasiada paja y ajustando su metraje casi al máximo, sin estirarlo más de la cuenta y sin abusar de las tramas secundarias.  La relación que se establece entre el héroe a la fuerza y el hipotético villano está bien desarrollada, buscando una alianza imposible que finalmente será el único camino para la salvación de ambos. De este modo, Cavayé añade un punto de interés extra a un thriller poco original pero considerablemente satisfactorio. Cuenta atrás es una película rápida, sencilla, quizá incluso excesivamente simple, contundente y modesta en sus aspiraciones artísticas, pero tremendamente eficaz en cuestiones de ritmo e intensidad, logrando momentos de verdadero virtuosismo en ciertas secuencias como la apabullante persecución que culmina en una estación de metro. Lástima que acabe con un epílogo que resulta anticlimático, pero ese es un pequeño escollo dentro de un conjunto agradable que no debería dejar escapar ningún aficionado al cine de acción.

'El Invitado'


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(Safe house. Daniel Espinosa. Estados Unidos / Sudáfrica. 2012. 115 minutos) Consciente de su posición de figura respetable en Hollywood y también plenamente consecuente con el hecho de que ya no es un chaval, Denzel Washington viene practicando de un tiempo a esta parte una estrategia que le permite, primero, mantenerse en primera línea de la industria cinematográfica y, segundo, delegar responsabilidades en sus compañeros de reparto de cara a conseguir un mayor grado de credibilidad en los argumentos que maneja. Es decir, Denzel Washington sabe que ya no está para demasiados trotes y que el público le identifica más como un hombre de mediana edad (que se cansa, que tiene achaques, que está de vuelta de todo...) que con el joven dispuesto a comerse el mundo que interpretaba en Ricochet (Russell Mulcahy, 1991). Es por eso que, para seguir paseándose ocasionalmente por el cine de acción, sabe que está en un momento difícil debido a su edad y que, a no ser que se apunte a un revival nostálgico auspiciado por Stallone (donde las arrugas son un valor añadido), tiene que repartirse las tareas de action-hero con un actor más joven, aunque él mismo siga sin renegar del todo de la acción física. Si en El libro de Eli (The book of Eli. Allen Hughes & Albert Hughes, 2010) compartía planos con Mila Kunis y en Imparable (Unstoppable. Tony Scott, 2010) le pasaba el testigo a Chris Pine, aquí hace lo mismo con el emergente y odiado Ryan Reynolds (recuerden que a él iban dedicadas aquellas fotografías de Scarlett Johansson que se filtraron en internet...), alguien que, desde que trabajó con Rodrigo Cortés en Buried (2010) parece estar algo más centrado como actor, dejando un poco atrás los días en los que su sola presencia causaba grima a buena parte de los espectadores (al menos a los impermeables a sus encantos físicos). Ambos, Washington y Reynolds, se compenetran con bastante eficacia en este adrenalínico thriller de acción que supone el debut en Hollywood del interesante Daniel Espinosa, responsable de la recomendable Dinero fácil (Snabba cash. 2010) y quien se lo pasa de lo lindo con el dinero que le han puesto sobre la mesa para gastárselo en destrozar coches y en pegarse unas vacaciones en Sudáfrica. 

LO MEJOR: Denzel Washington, como era de esperar.
LO PEOR: ¿Qué fue de la belleza en el cine de acción?
Decía, a propósito de su anterior película, que Daniel Espinosa se centraba más en desarrollar los personajes que en sobrecargar la pantalla de acción. En el caso de El Invitado nos encontramos justo en el otro extremo, con unos personajes bastante planos y sobreabundancia de momentos trepidantes, todo muy del gusto del público adicto a los thrillers de hoy en día con gente corriendo de un lado para otro, luchando de manera realista y sucia (olvídense de volantines a cámara lenta... y también de una planificación cristalina que permita cierto goce estético en las escenas de peleas) y conduciendo como locos por calles de ciudades exóticas. ¿Como en la saga Bourne? Sí, como en la saga Bourne, pero con la ventaja de no tener al soseras de Matt Damon de protagonista. Aunque, como en aquéllas, nos sobran los momentos de cháchara en la sede central de la CIA y algunas secuencias de relleno más, así como se echan en falta una mayor progresión dramática y una mayor profundización en la relación de los dos protagonistas. No reclamaríamos nada de esto en una cinta de acción convencional, con los buenos y los malos zurrándose, edificios explotando y tiroteos al tuntún. Pero El Invitado tiene el inconveniente de pretender ir algo más allá de esas premisas y la manera en la que lo hace no se puede calificar de triunfante, sino más bien de incómoda. Así, esos retazos de crítica al poder son tan inútiles como el hecho de ambientar la historia en Sudáfrica: distracciones que no consiguen ocultar que estamos ante lo mismo de siempre. La buena noticia es que, al menos, este plato de cine prefabricado está bien servido, puede saciar nuestro apetito de entretenimiento y, aunque no innove, se deglute con facilidad. La misma facilidad con la que, por otro lado, se olvida.

La SOPA, la PIPA, la Sinde y la madre que los parió.


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Aquí tienen mi postura sobre el embolao del caso Megaupload y todo lo que lo rodea, publicado originalmente en la edición impresa de Crónicas de un Pueblo.

   Vaya lío. Lo mismo cuando estén leyendo esto todo parezca simplemente un mal recuerdo. Pero hoy, mientras escribo estas líneas, 20 de enero de 2012, parece que el Apocalipsis ha llegado a internet… o que ha estado a punto de hacerlo. Me explico. Ya conocen lo de la Ley Sinde: que si la aprobamos, que si lo dejamos pasar, que si que decidan los del PSOE, que si mejor le dejamos el marrón a los del PP… Y resulta que parece que sí, que se va a llevar a cabo y que los internautas que se han acostumbrado a ver cine gratis lo van a tener un poco más difícil a partir de ahora. Por si eso fuera poco, ahora llegan los norteamericanos con la SOPA (Stop Online Piracy Act) y la PIPA (que no es de la Paz, sino de una cosa muy fea llamada Protect IP Act) y nos dicen que todos somos unos delincuentes, que vamos a ir a la cárcel por piratas y que están en el derecho de cerrar, por la cara y saltándose la ley de jurisdicción internacional a la torera, cualquier página web que ellos consideren sospechosa de estar infringiendo derechos de autor y de copyright. Esto, en la práctica, tiene poco que ver con la protección intelectual y mucho que ver con la censura y con el control de los individuos, como ya se está haciendo en China o en Irán, países muy democráticos ellos, como todo el mundo sabe. Con todo esto encima, la CIA decide que se carga Megaupload, la página donde millones de usuarios de todo el mundo compartían archivos (y de donde unos pocos se descargaban cosas… ¿o era al revés?), sin que se apruebe ninguna ley, porque la consideran altamente delictiva. 
   
   Vamos a ver. El arte no es gratis. La cultura sólo debería ser gratis si la persona que la crea y la suministra quiere que así sea. Opinar lo contrario es tontería. También es cara, eso también lo sabemos, pero hay otras aficiones más costosas de las que nadie prescinde simplemente porque asumen que tienen que pagar por ellas. Lo que ocurre es que a lo bueno se acostumbra uno muy fácilmente y lo bueno, si gratis, dos veces bueno. Hace años, y centrándome en el cine, que es lo mío, si quería ver una película de estreno iba al cine. Si no podía o no se estrenaba aquí, esperaba a que saliera en alquiler. Si no me llegaba la pasta o no la traían a mi videoclub, me esperaba a que la pasaran por la tele. Si la veía y me gustaba mucho, me la compraba (a veces incluso hacía esto directamente). Ahora nos hemos acostumbrado a saltarnos todos esos pasos: si queremos ver una película de estreno la buscamos en internet y nos la bajamos gratis. Hay gente tan burra que las ve en condiciones pésimas y con eso les basta. Si resulta que se acaban las descargas ilegales es algo que me va a molestar, no lo voy a negar, porque ya me he acostumbrado a acceder a un material que no podría conseguir de otra manera, pero lo entenderé. Buscaré alternativas legales (que ya las hay, aunque nos falta acostumbrarnos a ellas) y seguiré actuando como hasta ahora, yendo al cine cada vez que pueda (a ser posible, una vez a la semana) y comprándome todos los dvds que me pueda permitir (a ser posible, de oferta). Pero que no nos impidan el acceso a la libre información. Que no nos priven de la posibilidad de compartir nuestros trabajos con otros usuarios de internet. Y que no nos arrebaten el placer de encontrar en la Red joyas que están descatalogadas, sobre las que nadie posee ya derechos, que son imposibles de comprar en ninguna parte del planeta y que se acabarán perdiendo si nadie las comparte. La piratería es un delito, sí. Pero la libertad de información es una extensión de la libertad de expresión y, por tanto, un derecho humano universal. Que a nadie se le olvide.

'Scott Pilgrim contra el mundo'


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(Scott Pilgrim vs. the World. Edgar Wright. Estados Unidos / Reino Unido / Canadá. 2010. 107 minutos) Considerada uno de los mayores fracasos económicos de la Universal de los últimos años, Scott Pilgrim contra el mundo es también una de las películas más sorprendentes y fascinantes de todas las que han intentado adaptar al medio cinematográfico el lenguaje del cómic y los videojuegos. Edgar Wright, en su primer trabajo para Hollywood después de haber filmado las imprescindibles Zombies Party (Shaun of the dead. 2004) y Arma Fatal (Hot Fuzz. 2007) en su Inglaterra natal, lleva a la pantalla los seis volúmenes sobre Scott Pilgrim publicados por Bryan Lee O'Malley, respetando casi religiosamente algunas de sus viñetas y dando color (mucho color) a la historia de un joven aspirante a músico que debe luchar contra los siete ex malvados de su amada Ramona Flowers (todos ellos expertos en diferentes disciplinas marciales y con poderes propios de supervillanos), al mismo tiempo que intenta dar carpetazo a su breve idilio con la adolescente Knives Chau. Lo curioso es que el propio Scott Pilgrim es alguien que, detrás de su apariencia de joven desgarbado e inofensivo, esconde a todo un guerrero que no se amilana ante dicho desafío y que es capaz de plantar cara a quien se le ponga por delante con tal de lograr su objetivo. Como el héroe de un videojuego, Pilgrim debe superar varias fases hasta llegar al jefe final y, por el camino, aprender algo sobre la madurez y el amor

LO MEJOR: Su contagiosa energía adolescente.
LO PEOR: Resulta algo repetitiva y le sobran algunos
 minutos.
Hay dos películas encerradas dentro de Scott Pilgrim contra el mundo: primero, la de una historia de amor adolescente en la que un joven pardillo se enamora de una chica exótica. Contada con un ritmo apabullante (desde los enérgicos créditos iniciales a la manera en la que, mediante el montaje, utiliza recursos como que cada cambio de plano suponga también un cambio de escenario), esa parte de comedia funciona a las mil maravillas gracias a la credibilidad que los protagonistas dan a sus papeles, hasta tal punto que resulta difícil imaginarse luego a Scott Pilgrim, Ramona Flowers o Knives Chau interpretados por otros que no sean Michael Cera, Mary Elizabeth Winstead y Ellen Wong. Pero después la cinta cambia de tono, empieza la segunda película y la historia se estanca a partir del momento en el que aparece el primero de los rivales de Pilgrim y todo se reduce a una sucesión de combates/desafíos de espectacularidad progresiva. Y, si bien es cierto que no hay muchos motivos de queja si tenemos en cuenta que las secuencias de artes marciales son, probablemente, las mejores que han visto en una película occidental en mucho tiempo, y que los efectos especiales recrean con encomiable exactitud el estilo de sus juegos de lucha favoritos, también hay que señalar que parte de la energía inicial se queda en el camino a medida que el metraje va corriendo y nos damos cuenta de que no podemos esperar más de su trama. Así, Scott Pilgrim contra el mundo se puede hacer un poco cuesta arriba en algunos momentos, especialmente si no son ustedes tan sagaces o experimentados como para reconocer todas las referencias que hay en ella (yo necesité guías como ésta o ésta) y se entretengan intentando detectarlas, pero su mezcla de comedia romántica adolescente, cine de acción, fantasía, musical y artes marciales es algo que uno no ve todos los días, al menos empaquetado dentro del mismo conjunto (y sin que dure tres horas y venga en idioma Hindi o Telegu...). Y sólo por eso (y porque, en el futuro, se dirá de ella que es Las aventuras de Buckaroo Banzai del Siglo XXI), este fracaso comercial de Edgar Wright merece ser tildado de exitazo artístico.

'Mientras duermes'


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(Mientras duermes. Jaume Balagueró. España. 2011. 102 minutos) Antes que nada, una aclaración: Mientras duermes no está basada en la novela homónima de Alberto Marini, sino que es al revés. El libro es la adaptación que el italiano llevó a cabo de su propio guión para la película de Balagueró. Marini no es un desconocido para el director catalán, ni mucho menos, ya que lleva años trabajando en Filmax como guionista, productor y desarrollador de proyectos, siendo uno de los máximos responsables del impulso que la productora de Julio Fernández ha dado al cine fantástico y de terror durante la última década. Su novela surge, en parte, de la frustración que le supuso tener que eliminar subtramas y cambiar escenarios para adaptarse a los requerimientos de la producción fílmica, siempre más limitativos por cuestiones presupuestarias y narrativas. Eso sí, como base para un nuevo trabajo de Jaume Balagueró resulta un argumento perfecto: la historia de un oscuro portero de edificio que es incapaz de ser feliz y que, en venganza, pretende borrar la sonrisa del rostro de una de sus vecinas, resulta el vehículo idóneo para que el director ahonde en algunas de sus obsesiones. Así, la búsqueda del Mal puro como leit-motiv que ya se encontraba en Los sin nombre (1999) se une a ese terror doméstico, de rellanos y escaleras, de habitaciones inseguras, que tan bien plasmó en las dos primeras partes de Rec (2007 / 2009) y en la adrenalínica Para entrar a vivir (2006). Sin embargo, podríamos decir que, pese a lo turbios que resultan algunos de sus conceptos, Mientras duermes es la película más reposada y comedida del director, al mismo tiempo que, posiblemente, la que menos pone su mirada sobre los gustos básicos de su público potencial.

LO MEJOR: Luis Tosar personificando la maldad absoluta.
LO PEOR: En algunos momentos le sentaría bien algo más
de visceralidad.
Esto puede suponer un problema si buscan en la cinta un exceso de emociones fuertes, escenas de violencia explícita cada pocos minutos o una progresión del suspense demasiado pronunciada. Mientras duermes no se mueve por ese terreno: juega la mayoría de sus bazas desde los primeros minutos, sin esconder nada al espectador, ni pretender engañarles con la identidad del villano ni con sus motivaciones, jugando al despiste lo justo para mantener constantemente nuestra atención y dosificando bien los puntos álgidos de tensión. En ese sentido, la película de Balagueró resulta mucho más satisfactoria que la modosa e insustancial La víctima perfecta (The resident. Antti Jokinen, 2011), con la que comparte una trama muy similar y de la que hablé en su momento (aquí). Y lo es también porque su punto de vista es radicalmente distinto, puesto que Mientras duermes está narrada desde la visión del agresor y no de la víctima, forzando al público a identificarse con un desequilibrado y hasta a sufrir cuando es él quien tiene que esconderse para no ser visto por los que, en otro caso, serían los protagonistas. El mayor interés de Mientras duermes está ahí, en la manera en la que Balagueró nos lleva a empatizar con alguien despreciable y a odiar a otros personajes que deberían resultarnos vulnerables y despertar nuestro instinto protector. Incluso lleva este recurso al extremo cuando, sin que casi nos demos cuenta, vemos a una niña como una amenaza para el protagonista (un Luis Tosar impecable), porque es la única que sabe lo que éste hace por las noches. Es como cuando en Psicosis (Psycho. Alfred Hitchcock, 1960) nos inquietaba la posibilidad de que pillaran a Norman Bates, tratándose en realidad de un psicópata que no debería despertar ninguna de nuestras simpatías, pero radicalizando aún más la propuesta al convertir a este individuo en narrador de la historia desde el minuto uno y, además, sin pretender justificar sus acciones con ningún trauma ni enfermedad mental. Mientras duermes es, así, un triunfo para Jaume Balagueró, a la par que, en cierto modo, una demostración de madurez: su búsqueda por generar la incomodidad del público encuentra aquí una respuesta que no tiene nada que ver con sectas, fantasmas ni demonios, sino con un terror más cotidiano, más real y, también, más injustificado. Y ese es el que da miedo de verdad.

'La chispa de la vida'


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(La chispa de la vida. Álex de la Iglesia. España. 2012. 106 minutos) Resultaba tan chocante como prometedor el hecho de que Álex de la Iglesia fuera a dirigir una película sobre un guión de Randy Feldman, responsable de tres títulos tan majos como Tango & Cash (Andrey Konchalovskiy, 1989), Sin escape: Ganar o morir (Nowhere to run. Robert Harmon, 1993) y El negociador (Metro. Thomas Carter, 1997). Que uno de los directores que más (y mejores) secuencias de acción ha dirigido en España se aliara con un guionista de Hollywood especializado en el género podría hacer suponer que el experimento iría por esos derroteros y, sin embargo, una vez conocido el argumento de lo que sería La chispa de la vida, quedó claro que, irónicamente, estaríamos ante la película menos dinámica y más dramática del director. Pero no es la única de las contradicciones que nos encontramos en este proyecto. También está el hecho de que sea el primer trabajo importante en el cine del cómico español más popular (que no el mejor) que existe en la actualidad, y que le toque lidiar con un personaje dramático. O que Salma Hayek, despampanante incluso cuando aparece desaliñada por exigencias del guión, haya venido a España desde Hollywood para filmar la cinta más minimalista del director vasco. Aunque la peor contradicción de todas es la que se produce entre lo que el público espera y lo que se encuentra: apuesto lo que quieran a que un porcentaje bastante alto de los que se han acercado al cine esperaban ver a José Mota en plan gracioso y, a tenor de lo que comprobé en la sala, ni siquiera con la película delante algunos son capaces de entender que están ante un drama, si tengo que hacer caso a las risas que proferían algunos vecinos de butaca en los momentos más insospechados. Cierto es que Álex de la Iglesia introduce algún guiño hilarante en instantes muy concretos, a veces incluso inapropiados, pero estamos ante su película más pesimista, deprimente y cruel.

LO MEJOR: El papel y la interpretación de Salma Hayek.
LO PEOR: Los subrayados de Álex de la Iglesia.
Aunque, ojo, eso no significa que La chispa de la vida no merezca la pena, que sea un bodrio o que conduzca al aburrimiento. Ni siquiera se puede hablar de película fallida porque, aunque de manera algo torpe, triunfa en su intento de convertirse en una mezcla entre cine social y entretenimiento, entre una historia coral de depredadores sin un ápice de moralidad y el cuento íntimo de un amor tocado por la tragedia y la crisis económica. Además, al estar narrada casi en tiempo real a partir de que sucede el accidente, la película posee un ritmo de lo más ajustado y jamás cae en el tedio, por mucho que la historia obligue a que la acción se centre en un único escenario y a que la movilidad de los personajes esté muy limitada. Pero igual que Álex de la Iglesia triunfa en estos aspectos, fracasa estrepitósamente en otros, y además de manera bastante burda, siendo quizá este el título en el que más evidente se hace uno de los defectos más notorios de su filmografía: esa tendencia, a veces irrelevante y otras veces molesta, de caer en los subrayados innecesarios. Hay uno que duele de manera especial y que no conviene desvelar, pero que sabrán identificar si han visto la película: tiene que ver con un maletín y una patada. Duele porque se produce en un momento en el que ya ha quedado clara la postura de los personajes que intervienen en dicha escena, y da pena pensar que el director crea que necesitamos esa anotación extra para entender el mensaje. Pero no es el único instante en el que de la Iglesia se pasa de la raya y está a punto de bordear el ridículo, como por ejemplo en el ensañamiento que se produce en los primeros minutos con el personaje de José Mota (¿de verdad era necesario lo del café o que lleve en el curriculum una foto tan desfavorecedora y tan gigantesca? ¿No es el personaje un experto en marketing?). Esto, junto con la irregular interpretación del protagonista (que, digan lo que digan, no está del todo creíble, por mucho que sea apreciable el esfuerzo que lleva a cabo), a la maniquea representación de algunos personajes (el dedo acusador sobre Fernando Tejero resulta casi risible, así como el director de la cadena de televisión rodeado de putas) y a cierto tonillo panfletista en sus últimos minutos, hace que La chispa de la vida resulte uno de los títulos menos inspirados de Álex de la Iglesia, quizá el más flojo que ha firmado desde... Acción mutante (1992).

'Daño colateral'


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(Collateral damage. Andrew Davis. Estados Unidos. 2002. 104 minutos) Por culpa de unos radicales de Oriente Medio cabreados (o de unos occidentales con ganas de invadir países de donde sacar petróleo, dependiendo de su grado de interés por la conspiranoia), Daño colateral pasó a adquirir una notoriedad que iba más allá de lo puramente cinematográfico para convertirse en material polémico desde un punto de vista político y social. Su estreno, previsto en Estados Unidos para el 5 de Octubre de 2001, tuvo que ser pospuesto por la Warner Bros. después de que el 11 de Septiembre de aquel año sucediera el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. El estudio pensó que una película en la que se mostraba un atentado en Los Angeles perpetrado por terrorista colombiano, pese a las diferencias con lo sucedido en la realidad, podría herir demasiadas susceptibilidades en un país que se sentía herido y, quizá por primera vez, vulnerable frente a los ataques de fuerzas opuestas. No obstante, mientras guardaban la película sin saber cuál iba a ser su destino, se dieron cuenta de que la historia de un bombero que viajaba a Colombia para vengar la muerte de su mujer y su hijo en dicho atentado, harto de que por la vía diplomática nadie consiguiera hallar al responsable de aquello, serviría para alentar los ánimos de una nación que se encontraba buscando lo mismo, revancha, aunque sólo fuera en la pantalla de un cine y tuvieran que hacer un esfuerzo de abstracción cambiando la nacionalidad de sus odiados enemigos. A los que simplemente éramos (¡somos!) fans del cine de acción, no nos gustó que el estreno de la película se congelara y que ésta fuera utilizada como material propagandístico, cuando lo único que queríamos era poder ver de nuevo a Schwarzenegger en una cinta de acción de verdad, tras los pobres resultados de las mediocres El fin de los días (End of days. Peter Hyams, 1999) y El 6º Día (The 6th Day. Roger Spottiswoode, 2000), ninguna de las cuales consiguió revitalizar una carrera que ya daba muestras de estar al borde de la extinción (y que quedaría en puntos suspensivos poco después cuando Schwarzenegger se dedicó de pleno a la política, siendo retomada ahora por un par de títulos nuevos que todavía son una incógnita). Sin embargo, Daño colateral tampoco consiguió reverdecer los laureles de quien antaño fuera uno de los actores más taquilleros de Hollywood. Quizá el hecho de arrastrar esa condición de film propagandístico no fue visto con buenos ojos fuera de los Estados Unidos, donde tampoco funcionó demasiado bien posiblemente debido a que era un título asociado a la polémica y a que el público no estaba tan preparado para ver atentados en la pantalla grande como la Warner podría pensar.  

LO MEJOR: El toque clásico de Andrew Davis.
LO PEOR: Que Schwarzie no dispare un arma de fuego en
toda la película.
Quizá simplemente fracasó porque se corrió el rumor de que Schwarzenegger no disparaba ningún arma de fuego en todo el metraje (algo que confirmo) y a que éste se empeñó, durante la promoción, en hablar sobre la manera distinta en la que había enfocado el papel con respecto a los que llevó a cabo en actioners previos, destacando la humanización del personaje del héroe y espantando, por tanto, a los que sólo querían verle haciendo lo mismo que no hacía desde Eraser (Chuck Russell, 1996).  La cuestión es que, por un motivo u otro, Daño colateral quedó marcada con el sello de película fallida y la reacción generalizada, incluso entre los fans del roble austriaco, fue la de olvidarla o incluso ignorarla. Este fue mi caso, ya que hasta ahora nunca me había planteado seriamente visionarla hasta que ha caído en mis manos casi regalada y he decidido darle una oportunidad. Dicho esto, debo decir que la sensación que me ha provocado Daño colateral ha sido extraña y placentera. Extraña porque se trataba para mí de un Schwarzenegger inédito, algo inaudito si tenemos en cuenta que algunas de sus cintas me las sé de memoria y que, hasta que descubrí a Van Damme y aprendí a apreciar a Stallone, era mi actor favorito. Y placentera porque esa sensación de extrañeza se convertía en satisfacción mientras me daba cuenta del gusto que suponía descubrir a estas alturas una película de hace diez años que, para colmo, estaba filmada como lo habría sido otra década atrás en el tiempo. Es decir, Daño colateral es una película de 2001 (aunque fuera estrenada finalmente en 2002) que parece filmada a principios de los 90, cuando el cine de acción era más físico, menos aparatoso y se basaba más en la fuerza bruta de sus protagonistas que en la eficiencia de unos efectos visuales que no siempre resultan idóneos (y aquí hay que reconocer que en algunos fragmentos, como en la primera explosión,  la cinta se deja contaminar, siquiera mínimamente, por la comodidad y la artificiosidad del ordenador). El trabajo de Andrew Davis, viejo zorro del género al que le debemos piezas como Código de silencio (Code of silence. 1985), Por encima de la ley (Above the law. 1988), Alerta máxima (Under siege. 1992) y las más mainstream El fugitivo (The fugitive. 1993) y Reacción en cadena (Chain reaction. 1996), resulta tan eficaz como cabría esperar, demostrando una sencillez en las formas y una claridad narrativa ancladas en el pasado, dicho esto como elogio más que como defecto. La historia es la de siempre, la del tipo desolado que se toma la justicia por su mano cuando descubre que el sistema no se la va a proporcionar, pero tiene la peculiaridad que apuntaba antes: en contra de aquello a lo que nos tenía acostumbrados (entrar en una habitación llena de malos rompiendo la puerta y acribillar a todo bicho viviente antes de soltar un chiste lacónico), Schwarzenegger es aquí alguien que no utiliza armas y que sobrevive y gesta su venganza gracias a su astucia y a los conocimientos adquiridos en su carrera como bombero. Quizá fuera la edad, quizá fuera el ansia de evolución artística, pero el caso es que este Arnold diferente es lo que termina siendo el punto débil de la película, si bien nos hace un guiño a los fieles con una de esas réplicas geniales marca de la casa justo después de matar al malo principal. Por lo demás, Daño colateral es una cinta de acción apreciable, con un argumento lleno de tópicos, colombianos con muy mala leche, un giro de guión bastante loco en los últimos quince minutos, elementos que sin duda sabrán apreciar los que sean viejos zorros en esto.

'Entrevista con el vampiro'


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(Interview with the vampire. Neil Jordan. Estados Unidos. 1994. 123 minutos) Vista hoy, casi dos décadas después de su estreno, Entrevista con el vampiro puede resultar una experiencia chocante si pensamos que fue una de las películas más populares de su año y que su recaudación superó la (por entonces) mágica barrera de los cien millones de dólares sólo teniendo en cuenta el suelo norteamericano (cifra total mundial: 223 millones). Y puede ser así por varios motivos, siendo el más destacado de ellos lo muy distinta que puede considerarse esta película del modelo actual de blockbusters que triunfan en la taquilla, cada vez más enfocados a un público juvenil y con muchas menos aspiraciones artísticas. Como cierta saga vampírica que todos ustedes conocen y con la que no me voy a meter (porque creo que cumple la función para la que está concebida y porque, salvo los dos primeros capítulos, no es tan horrenda como muchos se empeñan en pensar), Entrevista con el vampiro nace también de la literatura, en este caso de la primera entrega de las Crónicas Vampíricas iniciadas por Anne Rice en 1976. Desde entonces, Hollywood intentó infructuosamente en varias ocasiones adaptar la historia al cine, desistiendo finalmente cuando el terror de los ochenta parecía insinuar que no había hueco para los vampiros, a no ser que fueran reflejados de manera paródica (Mordiscos peligrosos) o revisionista (Noche de miedo). Sin embargo, los años noventa trajeron con ellos una especie de sofisticación del género, un intento de volver a otorgar cierto prestigio a figuras clásicas del terror que pudiesen volver a ser tomadas en serio, a veces incluso demasiado. Eran los años de Drácula de Bram Stoker (Bram Stoker's Dracula. Francis Ford Coppola, 1992), Lobo (Wolf. Mike Nichols, 1994) y Frankenstein de Mary Shelley (Mary Shelley's Frankenstein. Kenneth Branagh, 1994), un momento idóneo para que David Geffen se aliara con la Warner Bros. y convenciera a Neil Jordan, quien tenía bajo el brazo el reciente Osar al Mejor Guión por Juego de lágrimas (The crying game. 1992), para que adaptara al fin la novela de Rice, uniendo además a un reparto de órdago que asegurara el interés de un público mayoritario (y por mucho que la propia Rice detestara la elección de Tom Cruise como Lestat, gesto del que se arrepintió más tarde, una vez vio la película terminada). El resultado final fue un éxito económico y artístico que, como decía al comienzo de estas líneas, sería relativamente inviable hoy en día, especialmente viniendo de un estudio de Hollywood.

LO MEJOR: La sordidez de algunos conceptos, especialmente
viniendo de una de las grandes majors de Hollywood.
LO PEOR: Su ritmo, demasiado irregular, y el hecho de que
pretenda abarcar demasiado para dos horas de metraje.
La elección de Neil Jordan como director tenía su lógica. Al fin y al cabo ya había demostrado que sabía narrar un cuento de terror, tal y como hizo con En compañía de lobos (The company of wolves. 1994). Pero, siendo como es un director a contracorriente, hoy cuesta imaginar que alguien le llamase para dirigir otra producción de presupuesto considerable que se enmarcara dentro del cine de terror, sobre todo teniendo en cuenta que su último intento al respecto fue un fracaso: In Dreams (1999). Más raro sería aún que, como ocurrió en esta cinta de 1994, tuviera tanta capacidad de decisión sobre el corte final y el estudio no se entrometiera demasiado en su trabajo. Tampoco hoy sería bien visto que una superproducción (moderada, eso sí) de terror, contara con un ritmo tan irregular y tan poco dado a los sustos y a la acción como el que ostenta Entrevista con el vampiro. Este sería, en parte, su mayor defecto, ya que la película denota en exceso que se trata de una adaptación literaria que pretende condensar una historia extensa en dos horas de metraje. Esto obliga a que algunos pasajes sean explicados de manera superficial y conduce al público a la sensación de que se está perdiendo matices que le impiden entender la historia en su totalidad (como toda la parte con Armand, especialmente), algo que entra en contraste con lo muy pausados que son otros fragmentos de la cinta y que pueden invitar a cierto tedio en momentos puntuales, estando los puntos álgidos de emoción distribuidos de manera algo insatisfactoria (y, por supuesto, provocando un choque frontal con lo que el público contemporáneo demanda en cuanto a cantidad y frecuencia de las emociones fuertes). La mayor virtud del largometraje, y que también es algo que sería inconcebible en cualquier aspirante a taquillazo actual que se precie, es el incómodo retrato que hace de una familia disfuncional: Lestat (Tom Cruise) convierte a Louis (Brad Pitt) en vampiro y ambos adoptan a la pequeña Claudia (Kirsten Dunst) haciéndola también inmortal y formando un núcleo familiar realmente sórdido, en el que sobrevuelan los aires de la evidente atracción homosexual que parecen sentir Lestat y Louis (y no sólo ellos: también el Armand interpretado por Antonio Banderas desea tener a Louis como compañero), además de unas insinuaciones incestuosas (a su manera) y pederastas (también sui generis, porque recordemos que Claudia termina siendo una señora mayor encerrada en un cuerpo de niña... algo que le atormenta) entre Louis y su "hija". A todo esto añádanle desnudos femeninos completos, sus buenos chorreos de sangre y unos efectos de maquillaje perfectos de Stan Winston y quizá se echen a llorar: aún con todos sus problemas de ritmo y de selección de subtramas (que son los que, en definitiva, le impiden convertirse en una obra más redonda), Entrevista con el vampiro sería imposible hoy, al menos con un reparto de caras conocidas, con unos medios económicos tan holgados y con unos aspectos en su trama tan perversos. Puede que dos de estos elementos sí pudiesen ser mezclados en el cine del nuevo milenio pero, desde luego, no los tres... y menos aún con la esperanza de lograr un éxito. Este podría ser un buen motivo para revisionarla o quizá incluso descubrirla, al tiempo que nos damos cuenta de lo mucho que han cambiado las cosas desde 1994 hasta la actualidad.

'New Kids Turbo'


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(New Kids Turbo. Steffen Haars, Flip Van der Kuil. Holanda. 2010. 85 minutos) En 1986 el holandés Dick Maas consiguió uno de los mayores éxitos del cine de su país gracias a una delirante comedia que atentaba contra el buen gusto y que, con el tiempo, acabaría convirtiéndose en una saga cinematográfica y una serie de televisión. Su título en España fue Una familia tronada, pero seguramente les sonará más si les digo que sus protagonistas son los miembros de la familia Flodder. Aunque localista, el humor de la película consiguió rebasar fronteras debido a que era fácil entender su propósito: ridiculizar a las clases altas mediante el viejo truco de colocar entre ellos a un grupo de indeseables, maleducados y descarados individuos. No ha ocurrido lo mismo, en cambio, con esta otra muestra del humor cafre de los Países Bajos, la primera adaptación cinematográfica de una serie de sketches televisivos que, con el nombre de New Kids Turbo, no ha conseguido traspasar los límites geográficos en los que fue ideada. Y eso a pesar de que su punto de partida puede resultar interesante para cualquiera, teniendo en cuenta el estado de recesión económica en el que nos encontramos: en el pequeño pueblo de Maaskantje, cinco amigos se quedan en el paro el mismo día debido a su incompetencia; cuando ven que las prestaciones sociales no les dan para mantener su ritmo de vida absurdamente derrochador, deciden que van a rebelarse contra el sistema y que, si el Estado no les da más dinero, ellos tampoco van a darle más dinero al Estado, por lo que comienzan a robar cualquier cosa que se les antoje. En un clima de crisis mundial, los cinco mequetrefes se convierten en involuntarios líderes revolucionarios cuando una cámara de televisión consigue retransmitir uno de sus enfrentamientos con la policía, generando una oleada de vandalismo y robos a escala internacional de gente que les ha tomado como ejemplo. Ante tal circunstancia, el gobierno se ve obligado a actuar de manera expeditiva y convierte Maaskantje en un campo de guerra.

LO MEJOR: El impacto inicial y su hilarante versión del
cine social.
LO PEOR: La pérdida de fuerza que sufre en el segundo acto.
Como ven, la premisa resulta lo suficientemente atractiva y universal como para que la película se hubiera exportado con éxito, pero si no lo ha hecho ha sido básicamente porque su burdo y ofensivo sentido del humor la convierte en un material demasiado incómodo para la corrección política a la que estamos acostumbrados. New Kids Turbo puede entenderse como cine social, sí, pero también es la película más bestia, inconsciente y obscena que he visto en mucho tiempo, al menos fuera del género de terror. No hay nada que sus responsables (también dos de los protagonistas de la cinta) crean tan sagrado como para no considerarlo objeto de burla, ya sean las deficiencias psíquicas o el sexo delante de menores de edad, de tal modo que, acostumbrados como estamos ya a un humor más amable, no resulte extraño que se nos congele la sonrisa ante la perplejidad que pueden provocar algunos de los chistes que pasan delante de nuestros ojos. New Kids Turbo es tan bestia que si alguien se decidiese a censurarla y remontarla para hacerla más digerible de cara al público internacional, su duración quizá no llegaría ni a los sesenta minutos, aunque muchas veces sea más por lo que sugiere que por lo que muestra. Si uno consigue abstraerse lo suficiente y entregarse al arsenal de estímulos cómicos y moralmente dudosos, quizá consiga disfrutar de New Kids Turbo como la gran experiencia chorra que es, con sus running gags, sus escenas de acción desbocadas y sus chistes primarios. Pero, ojo, también hay que decir que una vez pasada la impresión inicial, cuando ya estamos algo anestesiados, la película se vuelve algo rutinaria y sufre de unas pérdidas de interés bastante importantes, antes de remontar durante un clímax final lleno de pólvora. Siendo consciente de sus fallos y todo, sólo me queda decir que la segunda parte ya está lista, se titula New Kids Nitro y en ella salen zombis...