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PJ Tena
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Crónicas

En el último número de Crónicas de un Pueblo he escrito sobre un largometraje que me provocó tanta desgana, tanto aburrimiento, que ni siquiera me he preocupado en buscarle un título al artículo. Pa qué.
Cuando una película ve retrasada su fecha de estreno en varias ocasiones, pasa por las manos de dos directores distintos, por varios guionistas y montadores, cuando el estudio que la ampara no sabe muy bien qué hacer con ella… normalmente es por algún buen motivo. Y en el caso de esta nueva versión de EL HOMBRE LOBO, una vez vista la película, queda claro por qué Universal tenía tanto miedo a estrenarla: a pesar de todos los retoques que le hayan hecho, de todo el trabajo de posproducción digital y de añadir escenas meses después de concluir el rodaje principal, la película es merecedora de llevar la etiqueta de Primer Gran Truño de 2010. Les hago un resumen rápido: en 2006 Universal anunció que preparaba un remake de EL HOMBRE LOBO (1941) protagonizado por Benicio del Toro, al parecer gran fan del personaje e impulsor en gran medida del proyecto; en 2007 se anunció que el reputado director de videoclips Mark Romanek se encargaría de dirigirlo; en enero de 2008 Romanek abandonó la producción alegando diferencias creativas con el estudio, siendo reemplazado, en febrero de ese mismo año, por Joe Johnston (director de obras tan alejadas del terror como las encantadoras CARIÑO, HE ENCOGIDO A LOS NIÑOS y ROCKETEER, o las más mediocres JUMANJI y JURASSIC PARK III). Dos años más han tenido que pasar hasta que por fin hemos podido disfrutar (es un decir) de esta tristísima aportación al tema licantrópico, carente de interés, con mediocres efectos especiales, un guión bobo y unos actores que parecen aburrirse mientras recitan sus líneas. No se entiende muy bien la desgana con la que Benicio del Toro se enfrenta al rol de Lawrence Talbot, cuando en teoría debería parecer entusiasmado por estar protagonizando algo con lo que (dice) siempre ha soñado. No ayudan una sosa Emily Blunt, unos previsibles Hugo Weaving y Geraldine Chaplin ni, sobre todo, un cansino y repelente (como casi siempre, aunque con esto más de uno querrá echárseme encima y arrancarme la cabeza) Anthony Hopkins soltando con pedantería un puñado de frases ampulosas e irritantes.
Hay algo positivo: a pesar de ser una producción de gran presupuesto y, por tanto, estar sujeta a la regla no escrita de toda superproducción actual (aquella que dice que deben ser digeribles para el máximo público posible, de cualquier edad, para poder amortizar la inversión en las taquillas sin que existan restricciones en la venta de entradas), sus responsables han decidido apostar por una visión gráfica de la violencia que añade el único punto lúdico al conjunto, en el que unas cuantas escenas de acción apenas logran despertar al espectador del letargo constante del resto de metraje, tan falto de fuerza como sobrado en medios desperdiciados en el desastre más importante de los últimos años en Hollywood. Para que se hagan una idea de cómo fue la sesión a la que asistí, puedo decirles que a medida que transcurría la película me iba poniendo más y más nervioso, empecé a desconectar al cuarto de hora y ni siquiera los guiños cómplices me hicieron sonreír, mientras que uno de mis compañeros de pase no tuvo reparos en levantarse para ir al servicio durante la pelea final. Imagínense. Esa es mi recomendación: imagínense la película y no malgasten su tiempo ni su dinero en ella. Dudo mucho que le saquen algo de provecho.
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PJ Tena
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Críticas

(The Road. John Hillcoat. EEUU. 2009. 111 minutos). La Carretera, la novela de Cormac McCarthy en la que se basa esta película, poseía una estructura singular que arrebataba al lector la posibilidad de ejercer una lectura por tiempos: la ausencia de capítulos remarcados como tales generaba una ansiedad y una necesidad constante de seguir adelante con las páginas, consiguiendo de manera inteligente una sensación de asfixia que potenciaba aún más la radicalidad de sus palabras, al tiempo que colocaba al lector en una situación carente de cualquier comodidad tanto por lo que se contaba en la novela como por el modo en el que se planteaba formalmente. Existía, entonces, una secuencialidad que la emparejaba con el cine en tanto parecía concebida para ser digerida de una vez, sin pausas, como una única unidad narrativa dividida en actos pero no en episodios distinguibles a simple vista con una fugaz hojeada. El auténtico problema a la hora de adaptar la novela al medio audiovisual era cómo capturar lo que aquella narraba: el viaje de un padre y su hijo por un entorno muerto y con un destino incierto, basado en la esperanza de encontrar un rayo de luz en mitad de un paisaje lleno de nieve y ceniza, y en la que las reflexiones apocalípticas y morales tenían un peso mucho mayor que el contexto de la supervivencia y la lucha contra los caníbales.
La Carretera, película, nace pues con todas las desventajas que se le pueden suponer a cualquier adaptación de una obra literaria fundamental y que se pueden resumir en una: la imposibilidad de recrear el impacto del original. Partiendo de esa base, y siendo consciente de la injusticia e inevitabilidad que supone la comparativa, John Hillcoat supera las adversidades y entrega un largometraje notable y eficaz, con un guión de Joe Penhall que atrapa la esencia de la novela de McCarthy y una fotografía de Javier Aguirresarobe que recrea con acierto el escenario yermo por el que deambulan los protagonistas, todos interpretados de manera correcta por un reparto ajustado. Sus problemas, no siempre relativos al enfrentamiento con el original, tienen que ver con el medio: se ve obligada a pagar el peaje que supone dirigirse al gran público, mediante herramientas que pueden resultar incómodas. Hablo por ejemplo del exceso de flashbacks que sólo parecen tener sentido desde un punto de vista comercial, con la finalidad de otorgarle a Charlize Theron más minutos en pantalla. Pero sobre todo pienso en un irritante uso de la música como instrumento de acentuación dramática que anula, irónicamente, el efecto devastador que poseían los diálogos secos y cortantes de la novela, así como sus momentos más desoladores. Son males menores, de cualquier modo, en una película a veces positivamente incómoda y siempre interesante.
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PJ Tena
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Críticas

(All the boys love Mandy Lane. Jonathan Levine. EEUU. 2006. 87 minutos). De errática distribución, como casi todo lo que tocan los Weinstein, All the boys love Mandy Lane es uno de esos títulos que llegan a nuestros videoclubs de tapadillo, con un nombre anodino (Seducción mortal, en este caso) y que son condenados al ostracismo de manera injusta. Incluso por parte de quienes deberían ser sus defensores: su adscripción al género de terror genera unas expectativas entre el fandom que no se cumplen del todo, debido a un posicionamiento consciente hacia lo artie por encima de lo mainstream que provoca la incomodidad de cierto público, aquellos que se quejan tanto de ver siempre lo mismo como de no encontrarlo en cada uno de los títulos que se echan a los ojos. La película de Jonathan Levine se sitúa en los terrenos del killer on the loose, con un misterioso asesino que acecha a un grupo de jóvenes en una casa en mitad del campo, pero lo hace de un modo ciertamente peculiar. Parte del tópico, con un prólogo en el que hay una muerte violenta, posterior rótulo de "9 meses después" y ulterior fiesta en mitad de ninguna parte regada de alcohol, sexo, drogas y asesinatos. Pero en lugar de jugar al impacto por acumulación, la cinta se toma su tiempo antes de entrar en barrena, desarrollando con acierto la fascinación que Mandy Lane (una extraordinariamente bella Amber Heard) provoca sobre todo aquel que se cruza en su camino, y decide mostrar al asesino a la mitad de metraje, aniquilando de un plumazo el suspense del quién-lo-hizo y conduciendo la historia hacia páramos supervivencialistas, para culminar con un giro sorpresa (aunque en realidad no lo es tanto) que nos sitúa en los parámetros del cine indie y su visión del amor destroyer entre jóvenes desarraigados.
Lo realmente interesante del guión es que, a pesar de jugar con los tópicos, no cae en la trampa del posmodernismo ni de la autoconsciencia, alejándose de la referencia fácil y el guiño cómplice. Lo mismo se puede decir del modo en el que Levine filma la película: a pesar de la truculencia de algunas de sus imágenes, el estilo visual apuesta por la estética diurna y sobreexpuesta, potenciado por un montaje que en ocasiones parece un anuncio de United Colors of Benneton en movimiento, así como un uso inteligente de canciones trilladas como Sister Golden Hair o Sealed with a kiss. Así, All the boys love Mandy Lane se impone con personalidad propia en un mercado a tener en cuenta, el del direct-to-video que hace unos años era caldo de cultivo de material de derribo y hoy es contenedor de rarezas incómodas para las multisalas, pero de una notable capacidad para la sorpresa y el deleite del espectador sagaz.
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PJ Tena
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Críticas

(La Herencia Valdemar. José Luis Alemán. España. 2009. 100 minutos). Plantear una producción independiente de terror de 13 millones de euros dividida en dos partes es una osadía, sobre todo en una industria que vive de las subvenciones y de los derechos televisivos más que de la taquilla. Pero en ese acto de tenacidad se encuentra casi todo el valor real de la primera película de José Luis Alemán, al menos hasta la mitad que hemos podido ver hasta ahora. Conociendo las intenciones de Alemán, consistentes según cree él en devolverle al cine de terror una dignidad y seriedad que maldita falta le hacen, y viendo el resultado de la primera parte de este díptico, poco podemos esperar de su continuación más allá de una factura técnica correcta y unos efectos especiales (tanto prácticos como digitales) más que apañados, por mucho Cthulhu que nos venda ese avance que aparece durante los créditos finales y que, a duras penas, sirve para generar confusión en unos espectadores que no tienen por qué saber que han pagado para quedarse a medias.

Alemán ha olvidado que si
¡Suspense! funcionaba era por algo más que por su diseño de producción, y que una fotografía cuidada, un reparto de caras conocidas y un icono del terror como referencia no bastan para construir el clásico instantáneo que pensaba que tenía entre manos. Pero no se puede esperar mucho más de alguien cuyo modelo a seguir es, como ha proclamado en varias entrevistas, Alejandro Amenábar. Más bien al contrario, el director novel ha sentado las bases para una futura secuela de
Spanish Movie, con su festival de acentos inverosímiles (que es algo que normalmente me da igual, pero que aquí alcanza cimas de hilaridad inconmensurables), su tono de folletín decimonónico pasado de roscas (esa secuencia de la gallinita ciega que acaba provocando ternura... hacia el director), sus reuniones poco probables de personajes famosos (Lizzie Borden, Aleister Crowley y Bram Stoker jugando a la ouija en la costa gallega), recursos que parecen gritar "¡parodia!" (esa frase dramática culminada con el sonido del trueno, Eusebio Poncela con peluca, un zeppelin que aparece sin que sepamos por qué) y un reparto que no tiene ni idea de dónde se ha metido (sorprendentemente aquí es Silvia Abascal la que está correcta y Laia Marull la que acaba haciendo el ridículo, cuando suele ser al revés). Para colmo, la estructura es errática a más no poder: tras unos primeros minutos aceptables, la película entra en un flashback eterno que poco o nada tiene que ver con el terror y que delata las intenciones del director con su querencia hacia lo rancio, aflorando una batalla entre lo comedido y lo pomposo en la que el único vencedor es el aburrimiento. Hacía años que no abandonaba una sala de cine con tal desazón y que no veía reacciones tan negativas entre los espectadores, pero no es de extrañar:
La Herencia Valdemar es una tomadura de pelo que nace sin la intención de serlo, un producto involuntariamente ridículo al que da pena atacar puesto que se aprecian en él buenas intenciones y ganas de hacer algo diferente, pero que está condenado a ser destrozado por el público. Y con razón.